Creí encontrarte. Te ibas rápido pero te hablé, te pregunté tu nombre, te conté cosas que hace tiempo no contaba. Supiste entender. Me parece que el cartel decía Paysandú, y aclaraste que te gusta caminar entre la gente. Yo me disculpé por mi falta de convencimiento, por mis paréntesis desprolijos, por mi inquietud. Me di cuenta de que te quise mucho. También te adoré, pero (ahora que lo pienso) de eso me di cuenta pocas veces, por ejemplo cuando todo aquello empezó a parecerse a una despedida. Tus manos estaban raras, como despegadas de ese crudo realismo que tienen tus ojos siempre.
Te quise mucho. Te ibas rápido.
jueves, julio 23
sábado, julio 18
Nada, no ocurrirá nada, no saldremos del mismo círculo vacío y neutro, retocado, pero vacío y neutro, de igual forma en que lo es una sala de espera: nadie se anima a correr los ojos de las paredes blancas y los revisteros inútiles, los pies se nos atan, se nos atan las manos y las espaldas a los asientos y a las baldosas y a ese espacio que parece que alguien recortó con una tijera y pegó con delicadeza como parte de un colage. Sentados esperando qué, esperando la espera, viendo cómo nada al final de lo que hacemos tiene la relevancia que siempre o que a veces, porque por ejemplo ese cuadro allí colgado y qué importa un azul en lugar de un blanco, qué importa, si en este lugar sólo hay que estar, alcanza con que uno se cruce de piernas, y además alguien puso esas cortinas con la intención de que no nos moleste ni el sol, ni el viento, ni las nubes, porque nada, no ocurrirá nada.
miércoles, marzo 18
Pesadilla I
Aquello era humo. Los demás seguían hablando. Pero aquello no podía ser otra cosa que humo, y cada vez más gris. A nadie parecía importarle, o tal vez no lo habían visto, porque seguían discutiendo, de espaldas a aquella gran nube que crecía desde algún punto ubicado detrás de los edificios.
No recuerdo cómo hice para que se dieran cuenta. Pudo haber sido un dedo tembloroso señalando la ya negra superficie que se elevaba cada vez con más entusiasmo, un grito o alguna palabra de aviso, lo cierto es que de pronto corríamos lejos de una burbuja de ladrillos que estaba a punto de estallar, corríamos sin la menor esperanza de salir vivos, y en la carrera, sonidos que parecían gritos, pero en realidad eran verdaderas manifestaciones de terror, que se traducían en la certeza de no poder ya escapar, no poder ya suplicar, o rezar, o llorar de tristeza.
No recuerdo cómo hice para que se dieran cuenta. Pudo haber sido un dedo tembloroso señalando la ya negra superficie que se elevaba cada vez con más entusiasmo, un grito o alguna palabra de aviso, lo cierto es que de pronto corríamos lejos de una burbuja de ladrillos que estaba a punto de estallar, corríamos sin la menor esperanza de salir vivos, y en la carrera, sonidos que parecían gritos, pero en realidad eran verdaderas manifestaciones de terror, que se traducían en la certeza de no poder ya escapar, no poder ya suplicar, o rezar, o llorar de tristeza.
lunes, noviembre 24
sábado, octubre 18
No va pensando en nada, más allá de su asiento y su ventana. Las formas se le aparecen superpuestas, confundidas: una pared azul es una cortina vieja, una madre acunando un niño es un árbol con una sola flor, un cristal sin limpiar es de pronto la letra que falta en un cartel. La piel de su mano se apoya en su rodilla, sin fuerza, confiando en el movimiento por momentos intranquilo del viejo ómnibus. Y los ojos siguen más abiertos que nunca, capturando todas las imágenes en una sola, mental, pasajera, que olvidará pronto y sin esfuerzo. Ojos que desde algún lugar parecen castaños al igual que su pelo, pero que podrían ser verdes. Un reflejo, un destello en el vidrio, infunde la sospecha que la sombra repetidamente intenta esconder.
El viaje continúa sin apuro, se despeina en el respaldo, los hijos, la cena, lo que falta comprar, la soledad de un cuarto. La espera e ilusión se ven claramente en sus ojos ahora cerrados y su postura cómoda y distante, que seguro pretende enmarcar sus recuerdos en un contexto que no incluya a su compañero de viaje, ni al techo gris de plástico, ni siquiera al paisaje que corre a su derecha. Si fuera posible hubiera también aislado el sonido del motor. Y la forma de su cuerpo sobre aquella silla.
Hubiera seguido cayendo hacia adentro sin aquellos límites impuestos por el ómnibus que, tosco, se movía indeciso sobre cuatro ruedas, llevando un poco más que tornillos y chapas en su interior.
El viaje continúa sin apuro, se despeina en el respaldo, los hijos, la cena, lo que falta comprar, la soledad de un cuarto. La espera e ilusión se ven claramente en sus ojos ahora cerrados y su postura cómoda y distante, que seguro pretende enmarcar sus recuerdos en un contexto que no incluya a su compañero de viaje, ni al techo gris de plástico, ni siquiera al paisaje que corre a su derecha. Si fuera posible hubiera también aislado el sonido del motor. Y la forma de su cuerpo sobre aquella silla.
Hubiera seguido cayendo hacia adentro sin aquellos límites impuestos por el ómnibus que, tosco, se movía indeciso sobre cuatro ruedas, llevando un poco más que tornillos y chapas en su interior.
sábado, agosto 23
Confesión
Dos veces
calculé la distancia entre mi horizonte
y esas olas.
Para estar segura
dejé una hoja en blanco
y expuse
algunas teorías.
Quise cerciorarme y llevé
mi cuerpo hasta el mar
cargué en la mochila
semicírculos y compases.
Dos veces.
Y te regalé los papeles
para hacerte entender.
calculé la distancia entre mi horizonte
y esas olas.
Para estar segura
dejé una hoja en blanco
y expuse
algunas teorías.
Quise cerciorarme y llevé
mi cuerpo hasta el mar
cargué en la mochila
semicírculos y compases.
Dos veces.
Y te regalé los papeles
para hacerte entender.
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