Volverás siendo otra cosa
algo que no se ve
ni se toca
que precisa respirar
de otro aire
y vivir en otros tiempos
y no ser de esta parte
ni ser nada
no estar antes ni después
ni más cerca ni más lejos
volverás
y se abrirá en tu pecho
profunda
la sola herida.
domingo, julio 25
jueves, mayo 27
lunes, abril 12
Fijate. No, pero fijate ahí. Donde empieza la parte azul y deja de ser celeste. ¿Ves? ¿Ves como un circulito pequeño y blancuzco? A veces lo miro largo rato, sin saber exactamente en qué estoy pensando. Hoy me recordó un poco a la abuela. La abuela sí, con sus pañuelos arrugaditos alrededor del cuello. Su piel estaba tan, pero tan vulnerable que aquella vez el raspón demoró en curarse cerca de dos semanas. No es nada, me decía, y me mostraba sin darse cuenta aquella lastimadura rodeada de sangre. La abuela de ojos negros, qué cosa, y yo me la vengo a encontrar así, mirándome en este espejo. Abuela. Acá estabas.
lunes, abril 5
domingo, marzo 21
Un paisaje
Un paisaje olvidado, disminuído por el tráfico y la pobre efervescencia de los peatones, que un poco ajenos a su entorno caminan llevando consigo el peso de la costumbre y la rutina. El color de la ausencia. Un paisaje de líneas amarillas continuándose entre baldosas y avenidas, entre semáforos y puertas, entre concurridas plazas y viejos carteles y extrañas corbatas y modestos cordones.
El sol está como presenciándolo todo pero sin participar de la escenografía, sirviendo tan sólo como un buen contraste para tanto cartón y tanta lata vacía.
Las horas parecen no pasar. Van quedando. Se van apretando en cada corazón y en cada rostro. No están de paso, dejan su marca visible donde sea. En el asiento de un ómnibus, en la puerta de un baño, en la cara de un niño, de un viejo, en las hojas de un árbol, en las manos de un hombre.
Cúmulo de tiempo desparramado. Ciudad.
El sol está como presenciándolo todo pero sin participar de la escenografía, sirviendo tan sólo como un buen contraste para tanto cartón y tanta lata vacía.
Las horas parecen no pasar. Van quedando. Se van apretando en cada corazón y en cada rostro. No están de paso, dejan su marca visible donde sea. En el asiento de un ómnibus, en la puerta de un baño, en la cara de un niño, de un viejo, en las hojas de un árbol, en las manos de un hombre.
Cúmulo de tiempo desparramado. Ciudad.
Desde cero.
La situación es esta: no volveremos a estar juntos. Vos no, yo no. Vos en tu vida, en tu casa, en tus años, en tu historia. Yo en la mía. Si quitáramos motivos, argumentos, fechas o causas, sólo quedaría la distancia, separándonos en un mapa inadecuado pero cuyos límites estarían muy bien definidos. Hasta podría tomarse una regla y medir. Pero lo otro, lo que explica, ya ha ocurrido y no puede quitarse. Tampoco medirse para después restarse.
Qué pena, porque el cero es un hermosísimo número.
Qué pena, porque el cero es un hermosísimo número.
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